Veo como mi sombra me sigue a cada lado que voy y deja ser cada parte de mi libremente. Caminamos juntos por un parque y luego la invité a tomar un café, que era su favorito cuando estábamos solos los dos. Siempre me ha gustado el café con mucha azúcar pero, al parecer, esta vez le di tanto dulzor que mi sombra quiso que me lo tomara solo, que no la volviera a invitar.
Días después la invité al cine, que era mi pasatiempo favorito. Hasta ese día no me había dado cuenta de que las salas de cine son tan oscuras que las sombras se esconden, haciendo parecer que no estuvieran ahí. Me sentí abandonado, aún cuando sabía que mi sombra me estaba acompañando, justo en la butaca de al lado.
Decidimos ir a otro lugar, un lugar donde, simplemente, pudiéramos estar el uno con el otro, sin pedirnos nada, sólo la compañía incondicional. No la puedo ignorar, no la puedo apartar, no puedo pedirle que se vaya porque ella no querrá y, en realidad, tampoco lo quiero así.
Algún día podré volver a invitarla a un café, con sólo dos cucharadas de azúcar, tal como a ella le gusta, tal como debió haber sido desde un principio...
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