Cuadro Verde

La primavera va haciendo que todo florezca. Reaparecen los colores en la ciudad y la gente va cambiando su cara. Parece que todos sonríen más que de costumbre. En Santiago de Chile son tres meses en los que desaparece el frío y resurgen los colores. Músicos, escritores, pintores y todo tipo de artistas se ven más inspirados por la vida que parece renacer en estos meses.

Los amantes siguen caminos de flores y los pajarillos parecen cantar únicamente para ellos. Los árboles dan sombra a quienes están cansados de caminar bajo un sol que poco a poco se va encendiendo más. Las flores más bellas devuelven la sonrisa a quienes se pierden en sus colores, pensando tal vez en aquella persona que conocieron hace un par de días, o en aquella a quien conocen hace ya muchos años.

En ese mismo cuadro de vivos colores, olores y melodías se cruzan las miradas, y un par se reconocen pero huyen. Muchos corazones se buscan entre la multitud, siendo pocos los que se encuentran. A pesar de esto, nadie queda solo, pues más temprano que tarde se atreven y dejan de huir para salir al encuentro.

Es así como llegan a la mente de varios de ellos, ideas respecto de la primavera, pensando en que, si ésta fuera eterna, otras palabras nacerían, otros libros se escribirían, otras canciones se compondrían...

Café Amargo


Veo como mi sombra me sigue a cada lado que voy y deja ser cada parte de mi libremente. Caminamos juntos por un parque y luego la invité a tomar un café, que era su favorito cuando estábamos solos los dos. Siempre me ha gustado el café con mucha azúcar pero, al parecer, esta vez le di tanto dulzor que mi sombra quiso que me lo tomara solo, que no la volviera a invitar.

Días después la invité al cine, que era mi pasatiempo favorito. Hasta ese día no me había dado cuenta de que las salas de cine son tan oscuras que las sombras se esconden, haciendo parecer que no estuvieran ahí. Me sentí abandonado, aún cuando sabía que mi sombra me estaba acompañando, justo en la butaca de al lado.

Decidimos ir a otro lugar, un lugar donde, simplemente, pudiéramos estar el uno con el otro, sin pedirnos nada, sólo la compañía incondicional. No la puedo ignorar, no la puedo apartar, no puedo pedirle que se vaya porque ella no querrá y, en realidad, tampoco lo quiero así.

Algún día podré volver a invitarla a un café, con sólo dos cucharadas de azúcar, tal como a ella le gusta, tal como debió haber sido desde un principio...