La Brújula (Pt. 2)

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Justo en ese momento sentí la tierra moverse bajo mis pies, la señal que estaba esperando para montar en la mula y continuar el viaje que emprendí casi a la fuerza. Fueron siete días en los que, gracias a un instinto de supervivencia que había logrado desarrollar a pesar de vivir cómodamente, no me faltó comida, techo ni abrigo para pasar este tiempo.

Debo admitir que, en un principio, me costó demasiado hacer que la mula tomara la dirección que yo intentaba indicarle pero, una vez que la dominé, el resto del viaje me pareció bastante sencillo y rápido. Es así como nos adentramos prontamente en una hermosa y frondosa selva, la cual era bañada por un torrentoso río que, en tiempos de estiaje, aún era capaz de llevarse a una manada entera de toros con su fuerza.

Busqué la manera de cruzar el río pero, al parecer, nadie había tenido antes la oportunidad de cruzarlo, por lo que no había un camino que seguir. Claramente ya la mula no me servía y, como no tenía modo de cargar mis cosas, tuve que dejar la mayor parte de ellas y sólo quedarme con aquello que creí necesario para continuar el viaje.

Seguí recorriendo la rivera del río para ver si encontraba una forma de atravesarlo de manera segura, pero por una semana no logré nada. Luego de unos días decidí esperar un mes, que era lo que faltaba para el equinoccio, así el río podría bajar su caudal y yo intentar dar cruce a nado.
Pasado el mes, volví a la orilla del río, pero me di cuenta de que éste no había disminuido de la manera en que lo esperaba, por lo que cruzar el río siguió siendo imposible. Así, casi rendido, me recosté bajo el árbol que había servido de techo durante este mes y me sumí en el recuerdo de la juventud.

Recordé que en aquellos años era como ese río. Todo lo que sentía y entregaba, lo hacía en la misma manera en que el río hacía bajar el agua. Es así como muchas personas intentaron "cruzar al otro lado" de mi vida y conocer lo que había al otro lado de ese poderoso río, pero fueron muy pocos los que lograron cruzarlo.

Desperté de mi sueño en el mismo momento en que una barca bajaba por el río y encallaba en una orilla. Del mismo modo en que apareció la figura de porcelana en el desierto, apareció ahora una botella etiquetada con el siguiente mensaje:
Recuerda que el agua toma siempre la forma del recipiente que la contiene. Si la viertes en un cántaro, quedará estancada y no se purificará. Mientras más agua corre, más sedimentos arrastra.
Subí al barco y comprendí que era el momento de dejarme llevar...

Justo a tiempo

Nos tomamos de la mano mientras todos festejaban a los novios y, mientras nadie nos veía, nos fuimos a esconder a una de las habitaciones abandonadas de la casa de eventos. Jamás llegamos a amarnos como se ama una pareja, pero decidimos que esta sería una noche en que nos entregaríamos al placer y a la lujuria incontenible que nos desbordaba.

Lo primero que hicimos fue mirarnos con deseo y comenzar a besarnos como si fuera lo último que haríamos en esta vida. En ese mismo instante un éxtasis extraño comenzó a llenarme y a poseer todas mis acciones posteriores. Así, de un momento a otro volaron nuestras camisas, dejando nuestros torsos desnudos. Sólo un par de segundos después, le había quitado el sostén y me encontraba acariciando y apretando sus pechos como si ellos fueran la fuente de todo mi deseo.

Pasaron varios minutos en que sólo nos besamos y tocamos -para darnos tiempo- de la cintura para arriba, pero el deseo que nos poseía nos llevó a desabrocharnos mutuamente el pantalón, en el mismo momento en que yo sostenía su trasero y lo manoseaba con el mismo afán que sus pechos. Sin querer quedarse atrás, ella hizo lo mismo con el mío. Creo haber percibido cerca de una hora en la que solamente nos estuvimos besuqueando y toqueteando completamente. Los besos ya no sólo estaban concentrados en nuestros labios, sino además en cada línea de nuestros cuerpos: cuello, hombros, pechos, ombligo... No había un sólo lugar que nuestros besos no hayan alcanzado.

Al cabo de un tiempo que en este momento no me atrevería a estimar, llegamos al punto que habíamos esperado toda la noche. Lentamente, desde su trasero, comencé a bajarle la sensual pantaleta que llevaba puesta, mientras ella hacía lo mismo, pero desde adelante, con mi boxer.

Tirados en el suelo, yo encima de ella, unimos nuestros sexos y, mientras nos seguíamos besando, nos entregamos a la excitación de nuestros cuerpos que en ese momento se encontraban copulados. Fueron unos minutos en que, sencillamente, nos volvimos egoístas y pensamos en el placer propio y en hallar el "oh, mi dios!" final. 
Es interesante pensar en que, en el mismo momento en que nos estábamos entregando a uno de los siete llamados "pecados capitales", nos acordamos de Dios. Podríamos casi llamarlo una ironía de la vida.
Así, llegamos al momento del último gemido, y descansamos en un largo suspiro que llevó a que ella se acostara sobre mi, acariciara mi pecho y me hablara de lo "rico" que había sido. Esperamos unos minutos acariciándonos en silencio, hasta que decidimos volver a aparecer en la fiesta. En todo el tiempo que estuvimos fuera, nadie notó nuestra ausencia, y llegamos justo al momento de "El Ramo" y "La Liga".

Por debajo

De puro calenturiento nomás corrí tras de ella y tomé la micro. Algo tenía que me daban ganas de tenerla como mujer. Intenté agarrarle una nalga a ver como reaccionaba, porque mi viejita siempre me decía que las que se dejan toquetear es porque quieren puro. Entonces quise intentarlo, total, entre medio de toda la gente que, como rebaño, iba apretada en la hora punta no se me haría difícil hacerla piola. 

Se veía tan linda ella, que al tiro empecé a pensar en un futuro, casado con ella y con cabros chicos corriendo por la casa. No quería tener muchos, así que pensé en tres nomás: dos niños y una niña. Como nunca he ganado mucha plata, no me engañé y me vi en una casa humilde, pero con mucho amor. 

Por fin, después de varios intentos, logré correrle mano a la señorita. Se asustó un poco y se puso a mirar para todos lados, mientras yo me hacía el huevón y miraba una pareja de perros que hacía de las suyas cerca del semáforo en el que estábamos parados. Me quedó gustando lo acolchaditas de sus nalgas, así que intenté agarrarlas de nuevo.
¡Me había cachado! Intenté volver a hacerme el tonto, pero en cuanto devolví la vista me di cuenta de que no estaba enojada. Me guiñó un ojo y, antes de bajar de la micro, me entregó un papelito con su número.  Quisiera contar lo que sigue, pero prefiero dejarlo a imaginación del lector. Quizás en mi próximo libro les cuente todo lo que hicimos y deshicimos esa noche. Queremos escribir un libro erótico a partir de la experiencia, en el que probablemente vaya ésta como historia principal, pero por ahora ¡a recoger experiencias se ha dicho!

La Brújula (Pt. 1)

Hay ocasiones en las que salir escapando no es la mejor decisión, pero si puedes salir de eso, te puedes considerar afortunado. Dejé mis sueños guardados en una maleta, por si algún día me quería ir de viaje con ellos. El problema es que, a medida que pasaba el tiempo, había menos espacio en la maleta. El viaje no se podía postergar más, no sabía cuando esa maleta reventaría dejando esparcidas las vísceras de lo que alguna vez fueron grandes ideas.

Tomé un tren sin dirección, sabía que si se lo pedía con las suficientes ganas, éste me llevaría al lugar donde necesitaba ir. Es así como llegué a un desierto. ¿En qué tipo de mundo se logra hacer crecer un árbol en una tierra muerta? Quise volver, pero el tren ya había partido, dejándome solo en medio de la nada. Caminé por horas y, como no había llevado brújula, probablemente haya dado vueltas en círculos durante todo ese tiempo.

En ese momento abrí mi maleta y saltó disparada una pequeña figura de porcelana que tenía mi forma. Inmediatamente comprendí que hacía en aquel primer paradero: cuando era un niño, frágil como aquella porcelana, quise ser un explorador y descubrir el mundo, aprendiendo todas aquellas formas en las que se manifiesta la tierra. Justo después de que ese recuerdo atravesara mi mente, aparecieron diferentes paisajes a mi alrededor, entre los cuales pude distinguir ciudades, bosques, montañas, lagos, ríos, playas y una gran cantidad de flora y fauna que en ellos habitaba.

Dí media vuelta y encontré frente a mi una mula, cargada con mi maleta y algunas otras cosas que no recuerdo haber traído conmigo. Encima de la maleta había una nota que decía:
Un tren siempre te llevará por una vía establecida por otros. Llegó el momento de que decidas tu próximo destino.