Síndrome de Abstinencia


-¿Una copa de vino, señor?
-No gracias, dejé el trago hace unos días

Víctor llamaba todos los fines de semana a sus amigos, los invitaba a un bar cercano, al mismo de siempre, donde una guapa barwoman sabía siempre lo que querían: un mojito cubano para abrir la ronda, varias cervezas para compartir y, cuando estaban todos en el límite, una piscola bien cargada que los despachaba hasta el otro fin de semana.


Pero en la semana, cuando los amigos no estaban, Víctor y Lea -la barwoman- se seguían encontrando. Ella preparaba para él una gran cantidad de tragos que compartían juntos en el bar, toda la noche, hasta que decidían ir al departamento de uno de ellos.

Un día, horrible día de verano en que despertó luego de la peor borrachera que había tenido, se decidió a dejar el trago. Sus amigos se burlaban de él y su decisión, señalándole que era imposible que consiguiera ese propósito.

Víctor, al pasar los primeros meses, comenzó a desesperar por un trago, pero su fuerza de voluntad logró aplacar estas ansias durante gran tiempo. Lamentablemente, luego vinieron algunos problemas y situaciones que lo hicieron buscar nuevamente el trago. Llamó a Lea para que le preparara alguno de sus tragos favoritos, pero "por su bien" le negó aquella desesperada petición.

Sólo unos meses después, fue hallado muerto en su casa, con una botella de whisky derramándose a su lado. La causa de la muerte fue, por decirlo menos, bastante extraña: en la desesperación por beber, buscó abrir el whisky con los dientes, situación que acabó en la asfixia de Víctor, puesto que se había tragado la tapa de la botella.

Tercera de Newton

Conocí a Sarai cuando, durante uno de los tantos eventos a los que gustaban asistir mis padres en familia, decidí salir a caminar por el patio de la casa de eventos en que se estaba realizando la enésima muestra de arte a la que asistíamos ese año. Me senté en el pasto de aquel inmenso patio -un gusto que disfrutaban mis 'refinadas' nalgas- y me dispuse a observar las estrellas, algo que normalmente no tenía tiempo de hacer.

Luego de algunos minutos de jugar a dibujar constelaciones en el cielo, pude ver salir de la ruidosa casa a una muchacha, acaso más abstraída en sus pensamientos que yo en los míos. Sarai no representaba una gran hermosura como aquella retratada en las decenas de cuadros que había al interior de la casa, pero tenía algo que me hizo admirarla de inmediato.

Fue ella quien primero pronunció palabra. Nos presentamos y nos fuimos conociendo. Salíamos a pasear cada vez con más frecuencia, y yo me fui enamorando poco a poco de ella.

Mi mayor problema fue siempre, y sigue siendo hasta ahora, mi poca decisión. Estube meses planeando la manera mejor de darle a conocer mis sentimientos, pero no lograba salir de ese estado de reposo emocional en que sólo podía pensar en lo que diría, sin poder concretar la pronunciacion de dos palabras que, fuera de contexto, son tan fáciles de decir: "me gustas".

Repentinamente, cuando menos lo esperaba, vino una declaración inesperada, que pretendí responder como si me hubiera preparado toda una vida para ello:
-Me he dado cuenta de que te comportas de una manera algo 'extraña' conmigo -me dijo Sarai-. Cada vez que nos vemos me siento abstraída y, de un tiempo a esta parte siento que me has empezado a gustar, que me estoy enamorando de ti.

Sólo un beso fue mi respuesta. No atiné a nada más.
"Con toda acción ocurre siempre una reacción igual y contraria: o sea, las acciones mutuas de dos cuerpos siempre son iguales y dirigidas en sentido opuesto."

Volver a ser


Subieron ambos, tomados de la mano, a la habitación que previamente él había preparado para ella. Más bien, para ellos. Al entrar en aquel cuarto cálidamente iluminado por cuatro velas, una en cada esquina, se quedaron de pie, frente a frente, y se miraron a los ojos. Poco a poco se quitaron la ropa, mientras se tocaban y besaban, hasta llegar al momento en que quedaron completamente desnudos en la cama...

-Son doscientos mil pesos - dijo Fantine, mientras se bajaba del auto, de vuelta en el prostíbulo, cuando todo había acabado felizmente.
Él sólo arrojó un fajo de billetes por la ventana y aceleró a fondo. Se alejó de ese lugar, con una lágrima desbordando de sus ojos. Ojos que aún creían en ella.

Guerra Venusina

Al acabar la batalla, volvieron a tomar aquellas armas que habían quedado en el suelo luego de ser utilizadas por ambos guerreros. Lo único que esperaba cada uno al terminar la batalla, era que esta guerra no se terminara jamás, pues era lo mejor que les había pasado en la vida.