Amor Ciego



El olor a ginebra yacía por toda la habitación. Él la amaba con toda su fuerza y ella así era feliz. Las escenas de amor como esta se repetían todos los fines de semana en que ella llegaba tarde a casa, después de visitar a las amigas. En esta ocasión, el amor que llenaba la habitación era mayor que el de otras veces, provocando los gritos desaforados de ambas partes. Gritos y gemidos como nunca antes, capaces de despertar a todo el vecindario a tres cuadras a la redonda. Al otro día, su amor fue primera plana en los diarios, y la mejor amiga de ella hizo declaraciones a todos los medios: “Ella siempre me decía que esa era su forma de amar, que no concebía un amor distinto a ese que él le daba”. El titular: “FEMICIDIO: A golpes muere joven madre de 28 años”

La vaca eres tú...

-"A"- Me dices abriendo tus labios que, por primera vez, me llevan a ver la profundidad de tu alma contenida en las muchas palabras que manan de tu boca. Todas estas palabras me hacen sentir feliz, pues veo en ellas no sólo lo que, desde hace mucho tiempo, necesitaba ver, sino además algunas otras que jamás había visto en otra mujer.

-"E"- Continúas, y tu amor ya me parece algo seguro. Escuchas todo lo que te quiero decir, de la misma manera en que yo, fascinado, espero tus largas historias, tus palabras bellas, y tantas otras cosas que surgen de tus labios y que me llevan a amarlo todo de ti. 

-"I"- Llevamos mucho tiempo impreso sobre nuestras palabras. Estas palabras ya parecen ilusiones en el gran mar de envidia que crece a nuestro alrededor, pero lo hacemos todo por ignorarlos. Ya no caminamos sobre un camino de tierra, que nos hacía poner mucho cuidado en cada paso que dábamos, sino que lo hacemos sobre un camino ya pavimentado en el gran amor que profesamos el uno sobre el otro.

-"Por favor no sigas."- Pero tengo miedo. Presiento que nada bueno puede salir de esto

-"O"- Alguna esperanza se abre, pero ya todo parece sellado. Nuestras palabras ya no son el centro. Hemos tenido grandes tropezones, pero nada nos ha derrumbado. El camino de cemento esta lleno de baches parchados con otro poco de cemento.

-"¡Detente!"- Queda una única vocal. Una única salida se ve ante lo que se viene.

-"U"- La última que pronunciaste. La vocal más cerrada. Sin mirarme, abandonaste el lugar corriendo, como si huyeras de mi. Pero dejaste una carta con otras palabras, en las que me dabas la esperanza de que todo volvería a la normalidad. Me fui a dormir, con la grata esperanza de que, al menos, tendría la oportunidad de mirarte periódicamente. Pero ese día nunca llegó.

-"La vaca eres tú..." Recordé esa rima que me enseñaron de niño, y sonreí al darme cuenta de que no sólo era una rima, sino una gran enseñanza.

Parábola de los Juguetes

Llevaba pocos años de hacer mi aparición en este mundo. Durante los años pasados había estado acostumbrado a entretenerme nada más que con mi madre, ya que en ella encontraba todo lo que necesitaba y, bueno, era lo único que conocía.

Recuerdo que en más de una ocasión, cuando mamá me llevaba de compras con ella, visitamos varias tiendas en las que encontraba algunas cosas que no entendía muy bien qué eran pero, al parecer, puedo deducir que se trataba de juguetes que la entretenían y la ayudaban a sentir más contenta. Nunca me sentí celoso de esos juguetes porque, al fin y al cabo, me encantaba ver a mamá feliz y, además, a veces jugábamos juntos con estos juguetes.

Si bien, mamá acostumbraba tener siempre un par de juguetes con los que jugar, siempre había uno que tenía como favorito. El último que le recuerdo, era un peluche con forma de cerdito que a mi también me ponía bastante feliz y, de vez en cuando se lo pedía para entretenerme con él.

Durante todo ese tiempo, en que yo no comprendía muy bien de que se trataba todo este asunto de los juguetes y porqué había yo de querer uno, tuve la oportunidad de conocer un par de juguetes que me llamaron la atención. Intenté hacerme de varios de estos, pero sin ningún buen resultado hasta que, finalmente, uno de ellos estuvo a mi alcance y logré llevármelo a la casa.

Este primer peluche, que a decir verdad sin mucho esfuerzo conseguí, fue mi primer compañero de aventuras con el que, lamentablemente, no logré inventar demasiadas historias y, tal como llegó, lo perdí cuando lo dejé abandonado a su suerte en algún lugar del mundo.

Un par de meses después, cuando ya había olvidado a mi primer peluche, conocí a un amigo que tenía el juguete que había visto un par de días atrás en la televisión y que mi mamá, por problemas de dinero, no podía comprarme.

De ahí en adelante, acostumbré ir a casa de mi amigo, durante varios meses, sólo para jugar con este juguete que tanto me llamaba la atención. A veces mi amigo no me lo quería prestar, por lo que debía esconderme y tomarlo sin permiso, lo cual me hacía sentir muy mal, pero las ganas de tener ese juguete eran más grandes, por lo que seguí callado durante todo ese tiempo.

Pero, de un momento a otro, ¡llegó el mejor juguete de todos! Se trataba de una versión mejorada del que tenía mi amigo. Éste no sólo tenía más y mejores características sino que además, por el hecho de ser mío, lo quise con más fuerzas que el anterior. De hecho, por éste fue por el que dejé de tomar a escondidas el juguete de mi amigo. Me parece que lo tuve por más tiempo que los dos anteriores, pero sé que la verdad no fue así: del mismo modo en que yo le arrebaté su juguete a mi otro amigo, alguien me había quitado mi juguete y, cuando ya no podía hacer nada para recuperarlo, lo abandonó e hizo que nunca más pudiera volver a jugar con él.

Quizás en algún momento pueda encontrar un juguete que me haga querer tenerlo todos los días y a cada momento a mi lado. Por ahora sólo quiero volver a ser un niño inocente que no quiere más que dar rienda suelta a su imaginación con un juguete regalón que lo acompañe hasta el fin de sus días.

La Brújula (Pt. 2)

(Para leer la Primera Parte, haz click Aquí)

Justo en ese momento sentí la tierra moverse bajo mis pies, la señal que estaba esperando para montar en la mula y continuar el viaje que emprendí casi a la fuerza. Fueron siete días en los que, gracias a un instinto de supervivencia que había logrado desarrollar a pesar de vivir cómodamente, no me faltó comida, techo ni abrigo para pasar este tiempo.

Debo admitir que, en un principio, me costó demasiado hacer que la mula tomara la dirección que yo intentaba indicarle pero, una vez que la dominé, el resto del viaje me pareció bastante sencillo y rápido. Es así como nos adentramos prontamente en una hermosa y frondosa selva, la cual era bañada por un torrentoso río que, en tiempos de estiaje, aún era capaz de llevarse a una manada entera de toros con su fuerza.

Busqué la manera de cruzar el río pero, al parecer, nadie había tenido antes la oportunidad de cruzarlo, por lo que no había un camino que seguir. Claramente ya la mula no me servía y, como no tenía modo de cargar mis cosas, tuve que dejar la mayor parte de ellas y sólo quedarme con aquello que creí necesario para continuar el viaje.

Seguí recorriendo la rivera del río para ver si encontraba una forma de atravesarlo de manera segura, pero por una semana no logré nada. Luego de unos días decidí esperar un mes, que era lo que faltaba para el equinoccio, así el río podría bajar su caudal y yo intentar dar cruce a nado.
Pasado el mes, volví a la orilla del río, pero me di cuenta de que éste no había disminuido de la manera en que lo esperaba, por lo que cruzar el río siguió siendo imposible. Así, casi rendido, me recosté bajo el árbol que había servido de techo durante este mes y me sumí en el recuerdo de la juventud.

Recordé que en aquellos años era como ese río. Todo lo que sentía y entregaba, lo hacía en la misma manera en que el río hacía bajar el agua. Es así como muchas personas intentaron "cruzar al otro lado" de mi vida y conocer lo que había al otro lado de ese poderoso río, pero fueron muy pocos los que lograron cruzarlo.

Desperté de mi sueño en el mismo momento en que una barca bajaba por el río y encallaba en una orilla. Del mismo modo en que apareció la figura de porcelana en el desierto, apareció ahora una botella etiquetada con el siguiente mensaje:
Recuerda que el agua toma siempre la forma del recipiente que la contiene. Si la viertes en un cántaro, quedará estancada y no se purificará. Mientras más agua corre, más sedimentos arrastra.
Subí al barco y comprendí que era el momento de dejarme llevar...

Justo a tiempo

Nos tomamos de la mano mientras todos festejaban a los novios y, mientras nadie nos veía, nos fuimos a esconder a una de las habitaciones abandonadas de la casa de eventos. Jamás llegamos a amarnos como se ama una pareja, pero decidimos que esta sería una noche en que nos entregaríamos al placer y a la lujuria incontenible que nos desbordaba.

Lo primero que hicimos fue mirarnos con deseo y comenzar a besarnos como si fuera lo último que haríamos en esta vida. En ese mismo instante un éxtasis extraño comenzó a llenarme y a poseer todas mis acciones posteriores. Así, de un momento a otro volaron nuestras camisas, dejando nuestros torsos desnudos. Sólo un par de segundos después, le había quitado el sostén y me encontraba acariciando y apretando sus pechos como si ellos fueran la fuente de todo mi deseo.

Pasaron varios minutos en que sólo nos besamos y tocamos -para darnos tiempo- de la cintura para arriba, pero el deseo que nos poseía nos llevó a desabrocharnos mutuamente el pantalón, en el mismo momento en que yo sostenía su trasero y lo manoseaba con el mismo afán que sus pechos. Sin querer quedarse atrás, ella hizo lo mismo con el mío. Creo haber percibido cerca de una hora en la que solamente nos estuvimos besuqueando y toqueteando completamente. Los besos ya no sólo estaban concentrados en nuestros labios, sino además en cada línea de nuestros cuerpos: cuello, hombros, pechos, ombligo... No había un sólo lugar que nuestros besos no hayan alcanzado.

Al cabo de un tiempo que en este momento no me atrevería a estimar, llegamos al punto que habíamos esperado toda la noche. Lentamente, desde su trasero, comencé a bajarle la sensual pantaleta que llevaba puesta, mientras ella hacía lo mismo, pero desde adelante, con mi boxer.

Tirados en el suelo, yo encima de ella, unimos nuestros sexos y, mientras nos seguíamos besando, nos entregamos a la excitación de nuestros cuerpos que en ese momento se encontraban copulados. Fueron unos minutos en que, sencillamente, nos volvimos egoístas y pensamos en el placer propio y en hallar el "oh, mi dios!" final. 
Es interesante pensar en que, en el mismo momento en que nos estábamos entregando a uno de los siete llamados "pecados capitales", nos acordamos de Dios. Podríamos casi llamarlo una ironía de la vida.
Así, llegamos al momento del último gemido, y descansamos en un largo suspiro que llevó a que ella se acostara sobre mi, acariciara mi pecho y me hablara de lo "rico" que había sido. Esperamos unos minutos acariciándonos en silencio, hasta que decidimos volver a aparecer en la fiesta. En todo el tiempo que estuvimos fuera, nadie notó nuestra ausencia, y llegamos justo al momento de "El Ramo" y "La Liga".