Justo a tiempo

Nos tomamos de la mano mientras todos festejaban a los novios y, mientras nadie nos veía, nos fuimos a esconder a una de las habitaciones abandonadas de la casa de eventos. Jamás llegamos a amarnos como se ama una pareja, pero decidimos que esta sería una noche en que nos entregaríamos al placer y a la lujuria incontenible que nos desbordaba.

Lo primero que hicimos fue mirarnos con deseo y comenzar a besarnos como si fuera lo último que haríamos en esta vida. En ese mismo instante un éxtasis extraño comenzó a llenarme y a poseer todas mis acciones posteriores. Así, de un momento a otro volaron nuestras camisas, dejando nuestros torsos desnudos. Sólo un par de segundos después, le había quitado el sostén y me encontraba acariciando y apretando sus pechos como si ellos fueran la fuente de todo mi deseo.

Pasaron varios minutos en que sólo nos besamos y tocamos -para darnos tiempo- de la cintura para arriba, pero el deseo que nos poseía nos llevó a desabrocharnos mutuamente el pantalón, en el mismo momento en que yo sostenía su trasero y lo manoseaba con el mismo afán que sus pechos. Sin querer quedarse atrás, ella hizo lo mismo con el mío. Creo haber percibido cerca de una hora en la que solamente nos estuvimos besuqueando y toqueteando completamente. Los besos ya no sólo estaban concentrados en nuestros labios, sino además en cada línea de nuestros cuerpos: cuello, hombros, pechos, ombligo... No había un sólo lugar que nuestros besos no hayan alcanzado.

Al cabo de un tiempo que en este momento no me atrevería a estimar, llegamos al punto que habíamos esperado toda la noche. Lentamente, desde su trasero, comencé a bajarle la sensual pantaleta que llevaba puesta, mientras ella hacía lo mismo, pero desde adelante, con mi boxer.

Tirados en el suelo, yo encima de ella, unimos nuestros sexos y, mientras nos seguíamos besando, nos entregamos a la excitación de nuestros cuerpos que en ese momento se encontraban copulados. Fueron unos minutos en que, sencillamente, nos volvimos egoístas y pensamos en el placer propio y en hallar el "oh, mi dios!" final. 
Es interesante pensar en que, en el mismo momento en que nos estábamos entregando a uno de los siete llamados "pecados capitales", nos acordamos de Dios. Podríamos casi llamarlo una ironía de la vida.
Así, llegamos al momento del último gemido, y descansamos en un largo suspiro que llevó a que ella se acostara sobre mi, acariciara mi pecho y me hablara de lo "rico" que había sido. Esperamos unos minutos acariciándonos en silencio, hasta que decidimos volver a aparecer en la fiesta. En todo el tiempo que estuvimos fuera, nadie notó nuestra ausencia, y llegamos justo al momento de "El Ramo" y "La Liga".

1 comentario:

  1. Muy bueno tu pensamiento...... muy discriptivo que hacia que lentamente lo fueras imaginando..... pero hay un punto de tu relato que lo encontre original que es cuando dices esperabamos "oh mi Dios"..... es verdad ese punto por que uno en esos momentos de placer terminas diciendo esa frase..... sera hasta eso que se lo agradecemos

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